Este vídeo examina una cuestión que puede parecer lingüística, pero que en realidad es profundamente política, jurídica y simbólica: ¿debemos hablar de ’abusos sexuales« o de »violencia sexual« para describir los delitos sexuales? Detrás de esta elección de palabras se esconde nuestra forma de entender los hechos, calificar su gravedad y, en definitiva, reconocerlos como actos inaceptables.
El debate comienza con una situación deliberadamente sencilla: ¿qué le trae espontáneamente a la mente la palabra «abuso»? En el lenguaje cotidiano, remite a la idea de uso excesivo, de rebasamiento de los límites, como abuso de poder, abuso de derecho o abuso de medicación. Todas las definiciones lexicográficas apuntan en esta dirección: se trata de un uso indebido o excesivo de algo sobre lo que, para empezar, se tiene cierto derecho. Sin embargo, en el ámbito de la sexualidad, y a fortiori cuando se trata de niños, esta lógica plantea un problema: no existe el derecho a utilizar sexualmente a otra persona. Así que hablar de ’abuso sexual« introduce una ambigüedad que puede minimizar involuntariamente la naturaleza de los actos.
A continuación, el vídeo nos recuerda que lo que está en juego en estas situaciones no son los excesos, sino los actos de dominación, coacción y agresión. La legislación francesa se refiere a la violencia sexual y la define como actos sexuales cometidos con violencia, coacción, amenazas o sorpresa. Jurídicamente, se trata de delitos claramente identificados: violación, agresión sexual y acoso sexual. Estos términos no describen un mal uso, sino actos delictivos que siempre son ilegales.
Una perspectiva histórica nos ayuda a comprender por qué el término «abuso sexual» ha llegado a dominar el debate público. Procede en gran medida de una traducción literal de «abuso sexual», muy utilizada a partir de los años ochenta. Pero esta traducción es cuestionable: la palabra inglesa «abuse» se refiere más a malos tratos o maltratos que a simples excesos. Hablar de ’abuso sexual« en francés es, por tanto, un anglicismo que no refleja plenamente la realidad de la situación.
Uno de los puntos centrales del vídeo es el riesgo de confusión que provoca este término. Decir que una persona «abusa sexualmente» de un niño puede sugerir, incluso implícitamente, la idea de un uso excesivo, mientras que siempre se trata de una falta o un delito. Esta confusión debilita la línea entre lo que es legal y lo que es ilegal, entre lo que es excesivo y lo que constituye una agresión. Por el contrario, el término «violencia sexual» designa claramente la violencia sufrida y subraya el impacto del acto, independientemente de la calificación penal final.
El vídeo también subraya que la noción de violencia va más allá del marco legal. Una situación puede vivirse como violencia sexual aunque no haya enjuiciamiento ni condena. Reconocer esta dimensión es esencial para tener en cuenta la experiencia de las víctimas y no reducir la realidad de la situación a la mera existencia de un juicio.
Una reflexión personal refuerza este análisis. El autor reconoce haber utilizado él mismo en el pasado la expresión «abuso sexual», en particular en un libro destinado a los niños, en aras de la claridad y porque este término sigue siendo muy utilizado y se percibe como menos brutal. Pero este vídeo marca un cambio de postura: la elección consciente de hablar a partir de ahora de violencia sexual responde a un objetivo educativo y ético, para no minimizar la gravedad de los actos.
En conclusión, el vídeo nos recuerda que las palabras nunca son neutras. Al nombrar las palabras adecuadas, podemos agudizar nuestra vigilancia colectiva, aclarar nuestros puntos de referencia y aplicar la ley con mayor eficacia. Hablar de violencia sexual en lugar de abuso sexual significa reconocer plenamente la violencia de los actos, su carácter inaceptable y la necesidad de prevenirlos. El lenguaje, lejos de ser un mero debate semántico, desempeña un papel directo en la comprensión y la prevención de la violencia.