Este tercer episodio de la serie no se centra en el tiempo frente a la pantalla, sino en la naturaleza de los contenidos a los que están expuestos los niños y adolescentes cuando tienen un smartphone. Cuando le das a alguien un teléfono, le das acceso directo y permanente a todo Internet: puede ver, recibir, grabar y difundir contenidos, incluidos los violentos, sexuales o ilegales.
El vídeo comienza recordando un punto jurídico clave: en Francia, los menores de 13 años pueden ser considerados penalmente responsables de difundir imágenes violentas o sexuales, y a partir de los 10 años pueden adoptarse medidas educativas. Por tanto, los usos digitales tienen consecuencias jurídicas reales, que las familias suelen desconocer.
A continuación se desarrollan tres tipos principales de riesgo. El primero se refiere a la exposición precoz a la pornografía, que suele ser accidental, a veces repetida y rara vez adecuada a la edad. Estos contenidos, en su mayoría violentos y deshumanizadores, pueden provocar desorientación, confusión emocional, banalización de la violencia o culpabilidad duradera. El segundo riesgo es el ciberacoso: un niño que está constantemente en contacto puede estar expuesto a ataques repetidos, a veces invisibles para los adultos, con graves efectos en su salud psicológica. El tercer riesgo es la exposición a imágenes violentas: peleas, humillaciones filmadas, escenas de muerte o crueldad, que contribuyen a la banalización progresiva de la violencia.
Frente a estos peligros, el vídeo insiste en el papel central de los adultos. La instalación de controles parentales se presenta como un mínimo imprescindible, pero es insuficiente sin apoyo educativo. Aprender a usar la tecnología digital requiere una supervisión progresiva: controlar, explicar la ley, establecer normas claras, recordar a los niños que el teléfono no es un espacio privado al principio, y luego relajar gradualmente el control a medida que el niño madura.
Por último, se subraya la importancia del diálogo: crear un espacio de discusión sin prejuicios, permitir que los niños hablen de lo que ven, de lo que les impacta o perturba, y remitirles a la ayuda si es necesario. Los niños y adolescentes no pueden enfrentarse solos a la violencia digital; necesitan adultos presentes, protectores y formados para apoyarles en cada etapa de su desarrollo.