Este video presenta los resultados de un importante metaanálisis publicado en 2024 sobre la eficacia de los programas de prevención primaria de la violencia sexual, basado en 295 estudios realizados entre 1985 y 2018 en 13 países, principalmente en Estados Unidos. Tras casi 40 años de investigación, analiza qué funciona realmente en la prevención y, especialmente, qué no.
El análisis muestra que la mayoría de los programas de prevención logran cambiar la percepción de los participantes, en particular reduciendo la creencia en mitos sobre la violación y mejorando el conocimiento sobre la violencia sexual. Sin embargo, estos cambios de percepción rara vez se traducen en cambios de comportamiento mensurables, ya sea entre los posibles agresores o los testigos.
Los investigadores destacan varias limitaciones estructurales de los programas tradicionales: un enfoque excesivo en las actitudes y creencias, una sobreestimación del vínculo entre intenciones y comportamientos y una subestimación de los obstáculos reales a la acción, como el miedo a las reacciones sociales, la falta de habilidades concretas para intervenir o el peso del contexto.
El metaanálisis muestra que los programas más eficaces son aquellos que evitan la estigmatización de los hombres, fomentan su participación como aliados y se centran en los testigos, no solo en los posibles agresores. Las intervenciones a largo plazo y los programas universitarios logran mejores resultados en cuanto a la percepción, pero aun así, el impacto conductual sigue siendo limitado.
Los autores recomiendan ir más allá de los enfoques puramente educativos para incorporar estrategias de las ciencias del comportamiento: abordar las normas sociales, desarrollar habilidades prácticas, crear planes de acción concretos, ofrecer recordatorios contextuales, utilizar estímulos e implementar intervenciones dirigidas a entornos de riesgo. También enfatizan la necesidad de una acción multinivel, combinando iniciativas individuales, institucionales y comunitarias, y de evaluar mejor el impacto a largo plazo de los programas en el comportamiento.
La conclusión es clara: la prevención primaria de la violencia sexual no puede limitarse a cambiar la mentalidad de las personas. Para ser verdaderamente eficaz, debe abordar directamente los comportamientos, los contextos en los que se produce la violencia y los obstáculos concretos que dificultan la acción prosocial.